Ignacio Ipiña

Su Pintura

Durante la década de los años 50 la influencia de la denominada Escuela de Vallecas está alcanzando a los pintores del norte. El Grupo la Pajarita, en Vitoria, y el Grupo del Suizo, en Bilbao, recogen su testigo incorporándolo a su ideario pictórico, el cual, está abierto a toda aportación  que pretenda aires más audaces y refrescantes para el arte. Tal era la necesidad. Eran tiempos muy severos; también para el arte. Cualquier interpretación salida del costumbrismo más correcto corría el riesgo de ser catalogada como un exceso fuera de lugar y por tanto apartada de las escasísimas oportunidades a las que un artista podía aspirar para exponer su obra.

Unos años atrás, a mediados de los años cuarenta, Ignacio Ipiña está iniciando su carrera artística interpretando los paisajes de Orduña y Délica. Acompaña a Baysala, de quien recibirá bases sólidas en la composición del cuadro. Posteriormente, entrada la década de los 50, entabla amistad con el alavés Florentino Fernández de Retana con quien recorrerá y pintará los paisajes de Estella.

Ipiña nunca perteneció a una escuela, y, como él decía,  nunca fue segador de “ismo” alguno, lo que no impidió que en su proceso de formación como pintor, recibiera la influencia, sin duda a través de Baysala y de Retana,  de la corriente de Vallecas, escuela aquella lo suficientemente ecléctica como para contar en sus filas con los espíritus más libres de aquellos años.

Durante la década de los años 50 la influencia de la denominada Escuela de Vallecas está alcanzando a los pintores del norte. El Grupo la Pajarita, en Vitoria, y el Grupo del Suizo, en Bilbao, recogen su testigo incorporándolo a su ideario pictórico, el cual, está abierto a toda aportación  que pretenda aires más audaces y refrescantes para el arte. Tal era la necesidad. Eran tiempos muy severos; también para el arte. Cualquier interpretación salida del costumbrismo más correcto corría el riesgo de ser catalogada como un exceso fuera de lugar y por tanto apartada de las escasísimas oportunidades a las que un artista podía aspirar para exponer su obra.

Unos años atrás, a mediados de los años cuarenta, Ignacio Ipiña está iniciando su carrera artística interpretando los paisajes de Orduña y Délica. Acompaña a Baysala, de quien recibirá bases sólidas en la composición del cuadro. Posteriormente, entrada la década de los 50, entabla amistad con el alavés Florentino Fernández de Retana con quien recorrerá y pintará los paisajes de Estella.

Ipiña nunca perteneció a una escuela, y, como él decía,  nunca fue segador de “ismo” alguno, lo que no impidió que en su proceso de formación como pintor, recibiera la influencia, sin duda a través de Baysala y de Retana,  de la corriente de Vallecas, escuela aquella lo suficientemente ecléctica como para contar en sus filas con los espíritus más libres de aquellos años.

Su evolución pictórica estuvo determinada por sus vivencias. El cubismo en la composición, el expresionismo como herramienta para proyectar sensaciones, el realismo crítico de sus paisajes, conforman una base que contiene rasgos claros derivados de la Escuela de Vallecas, pero la potencia y la fuerza, tanto en el trazo como en el color, los volúmenes construidos por manchas aplicadas con generosidad, mayormente violáceas, y un sentido histórico y social en el tratamiento de sus temas hicieron que su pintura ganara en personalidad.

Cuando Ipiña encuentra el paisaje que le esperaba, mancha el lienzo con generosa jugosidad en el empaste e imprime vigorosamente la luz del color para generar ternura, desolación o dramatismo dentro de una composición rigurosa, en la que la creación de algo tan inmaterial y sin embargo tan existente como es la atmósfera, inunda el cuadro con total plenitud.

En los momentos en los que el pintor se adentra interpretando sociológicamente el paisaje, pone el color con trazos caligráficos desparramados en direcciones contrarias o entrecruzándose sobre la pintura fresca y con huellas marcadas por anchas, largas y quebradas pinceladas. Indica una caligrafía de gesto decidido, rápido y espontáneo.

Su oficio se hace perceptible en el equilibrio de volúmenes y espacios, de influencia cubista, así como en la rotunda firmeza del trazo expresionista, hecho desde el color, al tiempo que la luz juega un papel casi vivificador de inspiración romántica.

Una vez que Ignacio Ipiña decidía que un tema debía ser interpretado, se centraba en él, no lo pintaba sin más, lo estudiaba, se documentaba, escuchaba a los testigos y recogía sus sensaciones. La razón de ser de su trabajo debía incluir un aspecto histórico además de estético. Es por este motivo que en la mayoría de las ocasiones sus exposiciones han sido temáticas.

De esta manera, Ipiña adaptará los registros de su paleta para interpretar con coherencia los sucesivos temas a los que se enfrentó, haciéndolo de una manera personal pero siempre respetando la esencia del paisaje y tratando de proyectar su atmósfera al lienzo. El mundo industrial de la margen izquierda del Nervión, la máquina-pueblo, necesita un aire plomizo, se debe oler la taladrina. La bajamar en Urdaibai debe sosegar el espíritu más indómito. El sello del artista se mantiene pero predomina el aspecto histórico y estético de los temas escogidos. Bilbao y Salamanca. La Ría, los valles, la electricidad de una tormenta castellana o las nieblas de la marisma, prevalecen y se presentan reconocibles, reinterpretados por el artista pero auténticos en su mensaje. De esta manera sus cuadros se escapan de la anécdota documental para elevar los escenarios a arquetipos de la naturaleza al introducirse en su alma y recoger su esencia.

Ipiña definió su pintura de la siguiente manera:

Mi estilo pictórico no es fácilmente cualificable. La razón se encuentra en que no he tenido otro maestro que la naturaleza buscando estar en comunión con ella. En todo caso, resulta evidente que soy paisajista figurativo con tendencia al muralismo y a la visión de amplio angular.

En el paisaje siempre busco reconciliarme con la naturaleza, pero soy consciente de que el hombre deja su huella en ella, e intento conocer a esa gente, sus condiciones de vida, su manera de pensar. Y, todo ello, por supuesto, queda reflejado en el lienzo. Quiero hacer una pintura expresionista, pero hay ciertos paisajes que  me dominan y es entonces el corazón el que interpreta y plasma. Sin embargo, no pinto ni describo la naturaleza, el paisaje tal como los ojos lo ven, ni mucho menos con enfoque fotográfico, sino que la reelaboro, la recreo, a partir de ella misma. Entonces nace mi paisaje.

No estoy dentro de ninguna escuela ni soy segador de ningún ismo. Mi aspiración es ser yo mismo por más que me saquen parentelas. Desde un ángulo constructivo mi racionalidad me lleva a admirar los esquemas cubistas que manejo sobre todo en la composición. De igual manera, siento como propio el expresionismo capaz de comunicar ampliamente las emociones. También me atraen algunos resultados del arte metafísico que presenta mundos en una bella soledad emparentada con visiones románticas.

Todo ello hace que mi figuración resulte sincrética, al estar presentes elementos  dispares pero que siempre son tratados bajo las premisas de la fuerza y la potencia.”

Ignacio Ipiña

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